CÉSAR INCLÁN

Keatoniana (Un sueño de Buster Keaton) es uno de los eventos más esperados dentro de la programación en esta edición de SACO, un espectáculo creado por el pianista y compositor musical Jordi Sabatés y el grupo de Baile y Percusión Camut Ban inspirado en una farsa poco conocida de Lorca titulada El paseo de Buster Keaton,  en el que se rinde homenaje a la película Sherlock Jr. (1924), una de las obras más geniales y sin embargo desconocidas de Keaton que deslumbró entre otros a Buñuel, quien la vio en su momento junto a Federico García Lorca, y que conmocionó al movimiento surrealista.

Jordi Sabatés (Barcelona, 1948) es uno de los músicos más polifacéticos e iconoclastas de la escena musical española con 50 años de carrera a sus espaldas. Desde su participación en el grupo Om, que sirivió de base musical para el primer disco del legendario Pau Riba, pasando por su celebrada colaboración con Tete Montoliú en el disco Vampyriia y su obra visionaria  inspirada en el libro El Señor de los Anillos de Tolkien hasta su trabajo a propósito del  músico cubano Bola de Nieve, el músico barcelonés (premio Nacional del Disco 1983) ha combinado  a lo largo de su trayectoria propuestas musicales de todos los géneros y estilos, incluyendo música para teatro y cine como el Nosferatu de Murnau o El Mundo Mágico de Georges Meliés.

Sabatés estará en las tablas del Teatro Campoamor tocando al piano su música para Keatoniana.

Se trata de un espectáculo en el que conviven cine, música en directo, danza y percusión africana… pero, ¿qué es lo propone en esencia?

Sobre el centro de la gravedad de la película se trata de un espectáculo con música en directo que he compuesto y que interpreto al piano y que cuenta con la actuación de la Camut Band, unos bailarines que hacen claqué sobre unas bovinas en lo que ellos llaman baile de percusión y también percusiones africanas que dan pie al visionado de Sherlock Jr. Mi intención era que la música que propongo no solo acompañe a las escenas sino que dialoguen con ellas para ir a una especie de hiperrealidad.

Se pretende sumergir al espectador en el mundo poético y onírico que Buster Keaton nos legó en su película, ¿algo así como una suerte de revisitación del cine en el cine?

En esta película es la primera vez que hay cine dentro del cine cuando los personajes de la misma se convierten en personajes de la vida real. Como siempre que ocurre con Keaton en la película no hay ningún especialista, una obra en la que hay de todo. Por ejemplo hay una persecución final que es insuperable, y además existe un componente onírico muy fuerte.

El espectáculo comienza con la interpretación por su parte  del Portrait de Buster Keaton, ¿el reto para usted es que la música adquiera el mayor protagonismo ante unas imágenes silentes?

El mayor protagonismo, sí, pero sin que pierda importancia la imagen, que en este caso son unas imágenes potentísimas y poderosísimas. Pero lo que más me interesaba era que hubiera una comunión constante entre la película y la música. Por ejemplo cuando él entra en la pantalla piensas en la Alicia de Carroll y te da esa sensación tremenda de espejo. Yo estoy explicando en otra categoría lo que la película está explicando con imágenes y la suma de estas dos categorías le dan una potencia mucho más importante que el típico pianista que acompaña de forma paralela sin meterse a establecer una dialéctica con la película.

Además de sus recreaciones musicales con el apoyo de la percusión y el claqué, en el espectáculo  hay un cruce múltiple entre realidad y ficción…

Y tanto. El espectáculo comienza con un retrato musical al piano que hice de Buster Keaton, una persona muy compleja con un componente muy profundo que tiene algunas conexiones con Kafka, quien se sabe que asistió a algunos visionados de sus películas en Viena.

Sabatés es un pianista que huye de las etiquetas (entre sus referentes están Mompou y Bach), y en su forma de hacer música hay una línea secreta que intenta engarzar estilos diferentes, ¿tal vez como una forma de cohabitación, de coexistencia entre ellos?

De las etiquetas, ni huyo ni las busco, sencillamente lo que me parece anómalo, con todos los respetos, es que un músico se dedique por ejemplo solo al jazz o al rap. Me interesa tanto Schubert como Bob Dylan. Es lo que decía mi amigo Tete Montoliú, no hay música buena o mala sino que hay músicos malos y músicos buenos. Por eso me gusta tanto Federico Mompou, a quien traté mucho, porque él es la búsqueda de la belleza. Lo entiendo porque comercialmente es mucho más fácil un anaquel con clásica y un anaquel con jazz, pero hay todo un terreno fronterizo de vasos comunicantes que basculan entre diferentes estéticas, y en ese sentido yo he hecho de una manera muy natural un estilo propio. Es la única cosa que no se aprende. Se puede tener o no tener.

Quizá muchos desconozcan que Jordi Sabatés estudió Ciencias Físicas, disciplina de la que fue profesor universitario. Poco o nada tiene que ver la música con la teoría de la relatividad de Einstein por quien usted sentía fascinación, aunque sí que tiene relación la teoría cuántica en la que estaba especializado con algunos aspectos en los que ha trabajado en el mundo del teatro…

En principio, yo no entendía que tuviera ninguna relación, pero con los años empecé a hacer algunas obras de teatro, como hacía David Lynch, que por ejemplo en Twin Peaks tiene personajes que son en sí una suma de personajes con una probabilidad asociada de ser cada uno de ellos y que son una suma casi infinita de estados que no cambian, que podrían ser los mitos. Incluso en ese sentido yo hice una recreación para la Expo de Zaragoza de “El ángel exterminador” en la que convivía la película de Buñuel con 16 actores en escena, y eso evidentemente viene de la mecánica cuántica.

Tuvo una relación muy especial con Tete Montoliú, del que era casi como un hermano menor… ¿cómo le recuerda?

Era una persona difícil, aunque era un genio y como jazzista es el que más me interesa de Europa. Era muy agrio, pero ha sido quien más me ha hecho reír en la vida, cuando contaba chistes era tremendo. Pero también era tremendo con las críticas a los músicos y no tenía piedad. A mí me cogió un cariño especial, y también a mi mujer. Fueron 20 años de conciertos juntos con muchas cenas y viajes. Me tenía casi como si fuera su hermano menor. Sabía todos los trucos de música aunque no los quería contar, si bien una noche me contó el truco del pianista de John Coltrane. Era en definitiva un ser complejo, cáustico y con mucho sentido del humor, y como pianista era genial. Solo tengo admiración por Tete.

Su primer disco era una obra inspirada en El Señor de los Anillos. ¿Había percibido toda la potencia que guardaba esta historia?

Lo que ocurrió fue divertidísimo. Fue justo antes de romper con la Física, un año en el que fui a vivir a Londres, donde tenía un amigo, para completar mis estudios musicales. Había publicado a principios de los 70 mi primer disco inspirado en El Señor de los Anillos, que era una pieza para un grupo de cámara. Los directivos de la EMI me recibieron amablemente, aunque no sabían cómo encasillar mi disco, si como jazz o como música clásica. Pero la postilla divertida fue cuando dijeron cómo a un señor español como yo le podía interesar una obra del señor Tolkien que ya se sabe que no tiene ningún futuro… Desde luego capacidad visionaria cero.